La vida nuevamente se me iba a
pedazos, y mientras […] yo la miraba desvanecerse. Confundida y loca, intentaba dormir sobre la cama de un
desconocido, que hasta antes de la noche creí, era el amor eterno de mis días.
Una noche de alcohol y cocaína me
tenían al borde de la angustia. Tomé fuerzas, la mitad de mis cosas y me fui
sin tener rumbo aparente. Unos ojos fríos me despidieron tras la puerta de ese
edificio que se me hacía en cada instante más distante y ajeno.
Caminé hacia el metro con lágrimas
apretadas y estancadas por la resaca y las dudas, todo me parecía una loca
escena de alguna película no rodada de Alejando Amenabar. Mis ojos pedidos no
vieron nada por el camino.
Mientras bajaba las escaleras
escuché mi nombre desde arriba, miré con dudas y vi un rostro conocido. Era una
antigua aventura universitaria. Una noche de carnavales porteños y de vino
tinto en la playa me llevaron a los brazos de un hippie, de
chaleco de alpaca, chalas y ojos marihuaneros, estudiante de educación física,
hermoso y libre como todos los de su especie. Me abrazó fuertemente y me invitó
por unos pitos, dude por algunos segundos, podía mi mente llevarme a malos
pasajes, mis emociones estaban ennegrecidos. Finalmente acepté y caminamos
hacia el pasto, bajo un árbol.
Entre pitos y carcajadas parece
que se me había olvidado aquella escena putrefacta que había protagonizado
algunas horas antes.
La marihuana hacía efecto muy
rápido, eran semillas trangénicas, y en la locura del vuelo pensé que todo esto
era una broma, todos eran personajes que había creado mi mente después de haber
muerto tras un suicidio, que esta historia tan rara no me podía estar pasando.
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