viernes, 7 de febrero de 2014

Día I

La vida nuevamente se me iba a pedazos, y mientras […] yo la miraba desvanecerse. Confundida y loca,  intentaba dormir sobre la cama de un desconocido, que hasta antes de la noche creí, era el amor eterno de mis días.
Una noche de alcohol y cocaína me tenían al borde de la angustia. Tomé fuerzas, la mitad de mis cosas y me fui sin tener rumbo aparente. Unos ojos fríos me despidieron tras la puerta de ese edificio que se me hacía en cada instante más distante y ajeno.
Caminé hacia el metro con lágrimas apretadas y estancadas por la resaca y las dudas, todo me parecía una loca escena de alguna película no rodada de Alejando Amenabar. Mis ojos pedidos no vieron nada por el camino.
Mientras bajaba las escaleras escuché mi nombre desde arriba, miré con dudas y vi un rostro conocido. Era una antigua aventura universitaria. Una noche de carnavales porteños y de vino tinto en la playa  me llevaron a los brazos de un hippie, de chaleco de alpaca, chalas y ojos marihuaneros, estudiante de educación física, hermoso y libre como todos los de su especie. Me abrazó fuertemente y me invitó por unos pitos, dude por algunos segundos, podía mi mente llevarme a malos pasajes, mis emociones estaban ennegrecidos. Finalmente acepté y caminamos hacia el pasto, bajo un árbol.
Entre pitos y carcajadas parece que se me había olvidado aquella escena putrefacta que había protagonizado algunas horas antes. 
La marihuana hacía efecto muy rápido, eran semillas trangénicas, y en la locura del vuelo pensé que todo esto era una broma, todos eran personajes que había creado mi mente después de haber muerto tras un suicidio, que esta historia tan rara no me podía estar pasando.


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