Entre
desierto y camiones se esconde Antofagasta, con borde costero de extremo a
extremo y abismante segregación. De fondo suena un bolero peruano, mientras yo
pienso lo difícil que es no ser un lugar turístico y ser solo un lugar de
extracción y explotación - cosa más
importante que aprendí en este viaje – aquí la destrucción que trajo el “progreso”
es irritante, me da desconfianza hasta poner mis pies en la orilla del mar.
Las
personas parecen resignadas a no ser más que un cementerio de belleza y
paisajes únicos, se conforman con las migajas que dejan las mineras extranjeras
que les han robado hasta el alma. El antofagastino cree que el problema llegó
con la llegada de inmigrantes colombianos y el colombiano no hace más que
intentar sobrevivir, vistiendo de colores y aromas las noches antofagastinas.
Entre
cerros desérticos se esconden pueblos olvidados por el mismísimo Satanás, las
termoeléctricas que abastecen a las mineras calientan las cosas, la mar padece
de bochornos menopáusicos, destruyendo así, la pesca, el ecosistema y los
balnearios.
¿Cómo
no enamorarse de Antofagasta? Es en lugares así donde reafirmo mi odio y
descontento, pues si mis ojos ven violencia, mis palabras serán piedras, ¿se
puede no ser resentido viendo tanta tristeza, miseria y hambre?
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