lunes, 21 de abril de 2014

Antofagasta; ciudad de mineras, termoeléctricas, pasta base, prostitutas y colombianos.

Entre desierto y camiones se esconde Antofagasta, con borde costero de extremo a extremo y abismante segregación. De fondo suena un bolero peruano, mientras yo pienso lo difícil que es no ser un lugar turístico y ser solo un lugar de extracción y  explotación - cosa más importante que aprendí en este viaje – aquí la destrucción que trajo el “progreso” es irritante, me da desconfianza hasta poner mis pies en la orilla del mar.
Las personas parecen resignadas a no ser más que un cementerio de belleza y paisajes únicos, se conforman con las migajas que dejan las mineras extranjeras que les han robado hasta el alma. El antofagastino cree que el problema llegó con la llegada de inmigrantes colombianos y el colombiano no hace más que intentar sobrevivir, vistiendo de colores y aromas las noches antofagastinas.
Entre cerros desérticos se esconden pueblos olvidados por el mismísimo Satanás, las termoeléctricas que abastecen a las mineras calientan las cosas, la mar padece de bochornos menopáusicos, destruyendo así, la pesca, el ecosistema y los balnearios.

¿Cómo no enamorarse de Antofagasta? Es en lugares así donde reafirmo mi odio y descontento, pues si mis ojos ven violencia, mis palabras serán piedras, ¿se puede no ser resentido viendo tanta tristeza, miseria y hambre? 

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